Se puede decir que, de todos los medios, la Televisión es el que conservará siempre el lugar del medio más relacionado con la política. Plataforma predilecta para la transmisión de noticias y para la viralización de contenidos en los años 80 y 90, la televisión hizo que la política comenzara a verse como un espectáculo (escándalo tras escándalo) y que la gente se interesara aún más en el debate y en el destino de su nación. En resumidas cuentas, la TV tuvo la pericia de convertir a la política en “cultura pop”, y eso se ha mantenido hasta la actualidad.

Pero muy a pesar de que ningún otro medio pueda quitarle esa corona, la televisión ha comenzado un trayecto de decadencia en cuanto a ratings y valor estimado de sus acciones, motivado por la reñida competencia que recibe por parte de las compañías de televisión por transmisión en línea (o streaming, en inglés) y por su poca capacidad de adaptarse a las preferencias interactivas de las nuevas generaciones en cuanto a entretenimiento.

Eso nos lleva a preguntarnos: ¿De alguna manera estas desventajas disminuyen el potencial de la televisión para propagar con eficiencia información de índole política, y para generar interés de peso o una matriz de opinión en las mentes de una parte significativa de los votantes? Veamos un breve recorrido sobre la relación de la Televisión con la política en diferentes épocas y respondamos esta pregunta.

La ilustre alianza entre televisión y política

A partir del primer momento en que la Televisión comenzó a formar parte del panorama de medios de la humanidad, los dirigentes y periodistas vieron en sus características el potencial para utilizarla como un canal para compartir contenido político. La idea no se llevó a cabo de inmediato únicamente porque, a diferencia de la radio, los televisores eran aparatos nada baratos, por lo que gran parte de la población no tenía acceso a las transmisiones y cualquier programación llegaba apenas a un puñado de televidentes.

Pero eso no evitó que la televisión se abriera paso hacia su destino. “En principio le disputó el rol hegemónico a la radio como medio masivo de comunicación, además implicó la introducción de la experiencia audiovisual en el hogar, en el ámbito de la vida privada. Con una lógica de programación similar a la radio y una lógica de producción más cercana al cine, por lo que en 1967, apenas una década después de que saliera al mercado la televisión a color, este medio ya había alcanzado a 400 millones de personas a nivel mundial, bien sea porque contaban con televisión en casa, o porque se reunían en las casas donde hubiera televisión para compartir la novedosa actividad (aún tengo en mi retina muchas imágenes de familias y vecinos rodeando la televisión).

Una vez popularizada la televisión, la política encontró en ella su morada ideal. El mensaje propagandístico se podía difundir a través de los telediarios, programas de entrevistas, de opinión, los reportajes y alocuciones en vivo y, por supuesto, los espacios de publicidad. Variados recursos para llevar la atención de los televidentes al mismo tema: la política.

Y todos estos recursos resultaron efectivos. A las personas les resultaba atractiva la posibilidad de conocer el rostro de otras personas de manera remota y en tiempo real, especialmente si se trataba de gobernantes, candidatos y políticos que anteriormente sólo eran conocidos por renombre, o quizás por alguna foto a blanco y negro en el diario.

Los formatos de la televisión, con su tiempo delimitado y categorizados por segmento, hicieron necesario que el mensaje a enviar por los políticos fuera más preciso y entretenido que el utilizado en la radio o en los periódicos, además de obligarlos a forjarse una “imagen” para los medios, ahora audiovisuales, lo que dio pie a la ya mencionada transición de la política tradicional hacia una política con rasgos de show mediático y de culto al carisma de los dirigentes.

Antes de darnos cuenta ya la televisión se había transformado en el medio principal para la política, y no sólo comunicaba el mensaje de los mismos políticos, sino que también los periodistas y otros actores creaban su propio contenido al respecto, y de vez en cuando daban un paso más allá y hacían uso de los reportajes para denunciar irregularidades en el gobierno o para movilizar a las personas en función de alguna protesta o movimiento revolucionario.

Para la década de los 90 la televisión era el referente número 1 en cuanto a las opiniones sobre la gestión de los gobernantes y sobre el potencial de los candidatos. En resumidas cuentas, la televisión estableció una manera amena de relacionarse con la política que la gente adoptó y aún conserva.

Pero, si el público de la Televisión sigue disminuyendo, como lo anuncian las estadísticas, ¿estamos a punto de perder esa manera única de relación entre ciudadanía y política? Todo apunta a que a pesar de los avances tecnológicos aún hay una esperanza para la política en la televisión.

Lo posición de la política en la televisión moderna

Es cierto que la época de la TV como la conocíamos ha llegado a su fin. Ya no hay un niño o adolescente que quiera pasar 10 horas frente a la pantalla de la televisión (como ocurría con los niños millenials que en muchos casos fueron “criados” por la televisión), ni un adulto que dedique su tiempo libre a hacer zapping.

La culpa de esto la tiene la llegada de la televisión online por subscripción (o descarga 😉 ), pero al contrario de lo que aparenta, no hay que verla como una amenaza sino más bien como una transformación del mismo medio, al cual le ha tocado adaptarse para sobrevivir.

No hay, todavía, una sustitución completa de la televisión tradicional, muy especialmente si de la programación política hablamos. Los notidiarios o telediarios continúan siendo sintonizados por los televidentes a la hora de comer, mientras que los programas de opinión y entrevistas aún no tienen un reemplazo eficiente en la tv por catálogo, así que siguen siendo contenidos atractivos de la televisión tradicional.  Es más, en mi caso, solo me pongo la TV en abierto para ver los telediarios a la hora de comer o cenar.

Y así mismo siguen siendo herramientas para comunicar y motivar la actividad política, ya que, a pesar de que en Internet se ha hecho común la difusión de contenido político a través de micros, campañas virales y publicaciones de redes sociales, la televisión sigue siendo el único espacio donde los políticos se enfrentan (sin la posibilidad de fabricar un previo guión, ni de consultar a sus asesores) a un periodista que tiene argumentos profesionales para confrontarles y a un público que está atento a cualquier desliz o manifestación de ignorancia para descartarlos del mapa electoral.

Por otro lado, al ser la televisión tradicional un medio regulado por ciertas leyes y preceptos morales y periodísticos, la información política brindada en los programas informativos o noticiosos está acompañada de una mínima garantía de veracidad, a diferencia de la que se puede encontrar en Internet, que pudo haber sido inventada o tergiversada a conveniencia (las ahora tan citadas fake news).

En conclusión, el tema político sigue manteniendo a flote a la televisión tradicional, y con una estabilidad mayor de la que aparenta. Realizar intervenciones políticas y campañas electorales por televisión sigue siendo una idea beneficiosa. Sin embargo, la política debe estar preparada para transformarse en esta oportunidad como lo ha hecho en las anteriores, y ya viene siendo hora de pensar en cómo trasladar esos programas de opinión y de debate a los canales en línea, más allá de pedir a los telespectadores que opinen o envíen sus mensajes por twitter o redes sociales.

En este día...


Ramón

Apasionado del Conocimiento Libre y de las personas. Autor de Software Libre y Comunicación

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